Política pop: cuando la política deja de hablar como institución y empieza a hablar como «chaaavxs»

Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, dejando de lado lo realmente importante que dejó mucho por explicar, reflexionar y evitar, nos la pasamos cuando menos chistoso. Al menos nuestro aclamadísimo y reluciente ex presidente nos dejó una gran dotación de memes y momentos chuscos.
Ese fue quizá el momento donde se cayó el velo. O al menos, fue más percibido por las personas. Uno de los momentos más icónicos de la vida política de Peña fue su “matrimonio” con la que en ese entonces ostentaba el título de la actriz del momento, Angélica Rivera. Ese evento fue el que empezó a levantar sospechas sobre la relación entre política y entretenimiento.
Pero no venimos aquí a hacer una crónica del sexenio de Peña. No. A lo que venimos precisamente es a reflexionar un rato sobre la y su relación intrínseca con el entretenimiento en México. Y es que desde hace mucho tiempo, en nuestro territorio ambas han estado más cerca de lo que creemos.

Incontables matrimonios entre políticos y actrices o viceversa, la instrumentalización de íconos culturales para amplificar discursos y narrativas, apariciones en reality shows de trabajadores públicos o actrices y actores que han lanzado su propia carrera política. Las pruebas siempre han estado ahí, incluso pareciera que lo hemos normalizado.
Así, hoy que las redes sociales e internet moldean gran parte del cómo consumimos contenido, la política ha encontrado en estos territorios un terreno muy fértil para terminar con su fusión con la cultura pop. Del discurso social al meme hay poco trecho.
Este tipo de mezclas siempre busca visibilizar, adoctrinar y legitimar no sólo la imagen del político con la del pueblo, al acercarlo a sus ídolos o héroes. Sin embargo, en los tiempos de las redes sociales, pasamos del aww qué lindo al iugh qué cringe, e incluso a la preocupación genuina.
Pensémoslo de esta manera: con el entretenimiento, los influencers, los algoritmos y la velocidad con la que se producen y consumen imágenes, la política compite ahora dentro de un ecosistema completamente distinto.
En ese ecosistema, la viralidad puede tener más alcance que un posicionamiento político elaborado, y una frase torpe puede convertirse en el símbolo de todo un sexenio.
Memificando la política

De ahí que no resulte extraño que muchos actores políticos hayan empezado a hablar el lenguaje del internet. Memes, trends, guiños generacionales, referencias culturales compartidas: todo parece valer cuando se trata de generar cercanía. El ejercicio de la política, o más bien el showbiz, intenta presentarse como algo menos solemne y más cotidiano.
Y en ese proceso ocurre algo curioso: la vida pública y política comienza a circular en clave de comedia. Declaraciones desafortunadas, errores discursivos, momentos incómodos o simples gestos se transforman rápidamente en bromas colectivas que circulan por redes sociales.
La política se vuelve meme. Y el meme, inevitablemente, se vuelve comentario político.
A primera vista, esto puede parecer una simple consecuencia de la cultura digital. Después de todo, el humor siempre ha sido una herramienta social para procesar tensiones, cuestionar al poder o simplemente sobrevivir al absurdo cotidiano.
Pero cuando la política empieza a moverse con demasiada comodidad dentro de esa lógica humorística, surge una pregunta incómoda: ¿en qué momento la risa deja de ser crítica y se vuelve anestesia?
El efecto infraestructuchur
El famoso “infraestructuchur” que nos regaló Peña Nieto no fue sólo un error, fue un instante donde el lenguaje del poder se fracturó frente a millones de personas y terminó convirtiéndose en material de entretenimiento colectivo. Y que sin duda trascenderá generaciones. Así, lo que no era más que una torpeza pasajera terminó instalándose en el imaginario cultural como símbolo de toda una forma de hacer política.
Cuando un momento aparentemente trivial termina eclipsando discusiones mucho más profundas mientras los temas estructurales quedan relegados a segundo plano, sabemos que en nuestro país, la política es más show que ejercicio público en pro del bien de la sociedad.
Y en un ecosistema mediático que premia lo viral, eso no es necesariamente un accidente. También puede convertirse en una forma muy eficaz de gestionar la atención pública, porque cuando todo se vuelve meme, todo también se vuelve momentáneo. ¿No es muy evidente que también andamos faltos de memoria histórica?
El escándalo dura lo que dura el ciclo de viralidad. La indignación dura lo que dura el trend. La crítica dura lo que dura el chiste.

El límite de la política pop

Que la política dialogue con la cultura pop no es, en sí mismo, un problema. La política siempre ha tenido una dimensión cultural: símbolos, gestos, imágenes y narrativas forman parte de la manera en que las sociedades imaginan el poder.
El problema aparece cuando, por esa cercanía, la política empieza a creer que su fin en sí mismo es entretener y no administrar los bienes y la seguridad pública.
Ante la ya práctica indivisibilidad entre una y otra, la política ya no sólo se comunica a través de la cultura pop. Empieza a depender de ella. Y cuando eso ocurre, el riesgo es claro: la conversación pública termina orbitando alrededor temas banales mientras los problemas estructurales permanecen intactos.

La política puede, más bien dicho debe, abandonar cierta solemnidad que durante décadas la alejó de la ciudadanía. Si quiere que sus intereses se sigan recibiendo entre las audiencias más jóvenes. Vaya, hablar con los códigos culturales del presente no es necesariamente un error.
El problema es cuando la política confunde cercanía con espectáculo. Esta aproximación tiene una enorme capacidad para simplificar mensajes, amplificar narrativas y generar identificación colectiva. Pero también tiene una tendencia natural a volver todo digerible, rápido y efímero.
Y no todo en la vida pública puede reducirse a esa lógica. La política puede bajar del pedestal y usar memes, no decimos que no, pero desaparecer detrás del chiste, eso sí no creemos que sea el camino a seguir.